La inteligencia y la esperanza de vida van de la mano para los loros

Una nueva investigación está descubriendo el vínculo entre la larga vida de los loros y sus grandes cerebros.

Imagen vía Pixabay.

Un estudio dirigido por investigadores del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal (MPI-AB) informa que la esperanza de vida excepcional de los loros y sus notables habilidades cognitivas son rasgos que se refuerzan, o incluso causan, entre sí. Estas aves tienen vidas sorprendentemente largas para su tamaño, y en algunas especies rivalizan con las de los humanos. Dicho esto, sus pequeñas estaturas apuntarían a vidas mucho más cortas de solo unos pocos años. Ahora se ha demostrado que la esperanza de vida más larga de lo esperado está relacionada con su capacidad cognitiva superior a la esperada, ya que esta última ayuda a los loros a hacer un mejor uso de su entorno y a negociar mejor las amenazas.

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“El problema ha sido obtener datos de buena calidad”, dice Simeon Smeele, estudiante de doctorado en el MPI-AB y autor principal del estudio. “Los estudios comparativos de historia de vida requieren tamaños de muestra grandes para brindar certeza, porque muchos procesos son un juego a la vez y esto crea mucha variación”.

El estudio trabajó con 133.818 loros individuales en 244 especies. Esta base de datos, construida en colaboración con Species360 que se basa en registros de animales de zoológicos y acuarios, permitió al equipo establecer las primeras estimaciones confiables de la vida útil promedio de más de la mitad de todas las especies de loros conocidas. Este paso reveló que existe una diversidad increíble en la esperanza de vida de los diferentes loros: algunas especies, como el loro de la higuera, viven entre uno y dos años en promedio. Otras, como la cacatúa de cresta de azufre o la guacamaya roja, viven una media de 25 y 30 años, respectivamente. Algunos individuos vivieron un máximo de 80 años, asombrosamente largos para un ave de su estatura.

“Estos valores son realmente espectaculares si se tiene en cuenta que un varón humano pesa unas 100 veces más”, añade Smeele.

Para el siguiente paso, el equipo utilizó un algoritmo de análisis comparativo a gran escala para procesar este conjunto de datos y determinar si las habilidades cognitivas de cada especie influyeron en su longevidad. Trabajaron con dos hipótesis: primero, que tener cerebros más grandes y capaces permitía a las aves manejar mejor los desafíos que enfrentaban, reduciendo la mortalidad y, por lo tanto, logrando una vida más larga (‘hipótesis del amortiguador cognitivo’). La segunda (una mezcla entre la ‘hipótesis del cerebro caro’ y la ‘hipótesis de los beneficios retrasados’) es que los cerebros más grandes requieren más tiempo y energía para desarrollarse y, por lo tanto, requieren más inversión de los padres, lo que ralentiza el ritmo general de desarrollo de las aves. Sin embargo, como consecuencia, las aves tienen más tiempo para aprender ciertos comportamientos de sus padres que ayudan a mejorar su esperanza de vida.

Para este paso, el equipo recopiló datos sobre el peso corporal promedio de especies individuales, su cerebro relativo al tamaño del cuerpo y una serie de variables de desarrollo. Estos datos se combinaron y utilizaron para alimentar modelos informáticos adaptados a cada hipótesis, y el equipo analizó qué salida del modelo explicaba mejor los datos de entrada. Los resultados sugieren que los loros con cerebros relativamente grandes en comparación con el tamaño total de su cuerpo (un indicador confiable de una inteligencia superior) fueron más capaces de resolver problemas en la naturaleza que de otro modo podrían haberlos matado, permitiéndoles vivir vidas más largas. Por otro lado, factores como la dieta o mayores costos de desarrollo para cerebros más grandes no afectaron la vida útil promedio del ave.

“Esto respalda la idea de que, en general, los cerebros más grandes hacen que las especies sean más flexibles y les permiten vivir más tiempo”, dice Smeele. “Por ejemplo, si se les acaba su comida favorita, podrían aprender a encontrar algo nuevo y así sobrevivir”.

“Hubiésemos esperado que el camino del desarrollo jugara un papel más importante porque en los primates es este costo de desarrollo lo que explica el vínculo entre el tamaño del cerebro y la longevidad”.

En el futuro, el equipo planea investigar si la sociabilidad y las habilidades aprendidas culturalmente también pueden contribuir a la larga vida útil de los loros.

“Algo que nos hace especiales a los humanos es la gran cantidad de habilidades socialmente aprendidas. Estamos realmente emocionados de ver si los loros longevos también tienen una ‘infancia’ en la que tienen que aprender todo, desde encontrar y abrir nueces para evitar molestar al macho dominante. En última instancia, nos gustaría comprender qué impulsores evolutivos crean una especie con una historia de vida muy similar a la de nuestros antepasados”, concluye Smeele.

El artículo “Coevolución del tamaño relativo del cerebro y la esperanza de vida en loros” ha sido publicado en el diario Actas de la Royal Society B: Ciencias biológicas.